¿Votar si o votar no? He ahí la cuestión

Por: Jorge Olver Mondelo Tamayo
Cual dilema shakesperiano se ha planteado en no pocos espacios la duda sobre la forma en que ejercerá el derecho a voto respecto al proyecto final de la Constitución de la República de Cuba. La duda recurrente ha tenido en las luces y sombras del Proyecto aprobado en julio de 2018, un oxigenador de las llamas de un debate en el que es posible encontrar una polarización poco visible en nuestra sociedad como en los últimos meses.
Por ello me parece atinado acentuar el carácter democrático en varios momentos de este proceso tal cual se ha expresado e imagino que así será en otros. El primero lo ha sido el debate en el seno de la Asamblea Nacional del Poder Popular, una muestra de la capacidad de los diputados cubanos que encontrará reflejo en el texto que se había puesto a su disposición, lo que se tradujo en modificaciones a cuestiones allí preestablecidas.
El otro momento que me parece de indudable valor tiene lugar desde el 13 de agosto de 2018 hasta el 15 de noviembre del propio año, cuando la ciudadanía empezó a convertirse en un ente activo del proceso. Iniciarían reuniones en centros de trabajo, estudiantiles, en los barrios de cada pueblo y en las esquinas donde se juega dominó. La carga de responsabilidad que se ha visto en estos momentos es una expresión asimismo de las esperanzas de la población y de los deseos or construir un país mejor. La Constitución ha sido el medio que ha propiciado esa capacidad de soñar de un modo que el autor de estas líneas no alcanza a recordar como vivencia considerando que nací en los albores del Período Especial.
El momento que me parece decisivo y que forma parte del juego democrático es cuando se ponga a disposición de la población el texto final que debe ser sometido a votación. Y he ahí la cuestión: que resulta dudoso para muchos decidirse a votar por la integridad de un texto en el que no se comparte alguna idea en allí contenida, la misma razón por la que alguien me llegó a preguntar en un espacio público: “¿Debo votar sí a un proyecto con el que no comparto algún postulado?”
Pienso que del mismo modo que en el debate democrático se trata de opinar con libertad, tal cual será la voluntad del que con su voto habrá de saberse hacedor de su Constitución. Ese voto como expresión de la voluntad del soberano tendrá una condicionante que no podemos soslayar en nuestro análisis y que se trata del reflejo que cada uno de nosotros tendrá en el texto definitivo.

Una Constitución es la expresión epocal de la voluntad soberana, de aquellos que siendo más libres todavía al darse un orden, deciden construir un proyecto de país intentando hallar las conexiones del consenso–disenso. La diversidad de criterios enriquece el diálogo y contribuye a fortalecer la construcción del consenso, de modo que el resultado final sea el fruto del soñar en colectivo, de repensar un país, su historia; pero sobre todo hacia dónde vamos o queremos ir.
Algo llama poderosamente la atención y son las entelequias que despierta en el imaginario popular el acontecimiento de la reforma. Es muy triste soñar algo que no se materialice. Ya ha pasado. Recuerdo numerosos estudios académicos que han sostenido durante décadas la falta de eficacia de los contenidos de la Constitución vigente. Quizás ello ha sido óbice para el proceso de reforma en la Cuba de hoy. El acercamiento al Proyecto de Constitución sin que la vigente haya sido hasta el momento ampliamente conocida y divulgada es una lección hacia el futuro que en el presente se debe evitar. ¿Cómo? Entendiendo la trascendencia de lo que se está viviendo, del momento y la responsabilidad individual que cada ciudadano tiene en la construcción de un verdadero Estado de Derecho, tanto en su elaboración como en lo que le siga; la única manera de evidenciar aquella aspiración marxiana de que el libre desenvolvimiento de cada uno sea la condición para el libre desenvolvimiento de todos.

De ahí que independientemente de los contenidos, algo que preocupa mucho a la ciudadanía es el ámbito material de lo que se discute, la posibilidad real de eficacia de los preceptos que sean finalmente aprobados. La cultura jurídica, tan escasa como necesaria, es una variable que trasciende en momentos en que nos percatamos de la necesidad de “hacer” de la Constitución una norma jurídica en nuestro contexto sin soslayar el inquebrantable carácter político que tiene. Pero parece al autor de estas líneas, que la única manera de alcanzar tales aspiraciones allí contenidas, en esta o en cualquier otra Constitución, es asumiendo también su carácter normativo.
Algo meritorio ha tenido para este autor el Proyecto: propiciar un ejercicio cívico impresionante, de ejercicio del criterio propio y respeto del ajeno. Y la polarización que ello ha traído merece un vistazo crítico y responsable. Quizás porque desmembra el mito de la unanimidad. En la construcción del país que todos queremos debemos aprender a convivir entre las diferencias.
Se imponen patrones de machismo que en pleno siglo XXI siguen abanderando intolerancias; la relación iglesia–estado adopta nuevos temas como puntos de desencuentros; “nuevas” figuras políticas (re)aparecen en la escena política del país; el sistema de propiedad se perturba; la representatividad, el sufagio universal, la rendición de cuentas y la revocación de mandatos, por poner unos escasos ejemplos, llaman la atención de quienes se acercan al Proyecto. En ese contexto se alimenta un punto de inflexión en lo que viene a ser el culmen del proceso de reforma.
Y entiendo que el dilema no tiene una sola respuesta. Sin afán de parecer parcial, diría que a cada ciudadano corresponderá evaluar, tras la lectura del Proyecto final, si las razones para votar “sí” son mayores que las razones para votar “no”. Si nos sentimos identificados con la letra del Proyecto, con un mayor numero de artículos o con aquel que consideramos imprescindible de acuerdo a nuestro libre albedrío, entonces lo favorecerá el voto.

En caso contrario, lo seguro es que será respetable la actitud de quien defiende su credo. Pero ante todo, lo más importante es que asistamos a un ejercicio democrático de expresión soberana, una muestra del civismo en el que nos hemos educado por generaciones.

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2 Comentarios

  1. Este proceso ha sido único ya que mi generación apenas sabía deletrear la palabra constitución en 1976. Ahora en 2018 pudimos discrepar, incorporar, suprimir, polemizar. Buscar y pedir explicaciones en cuestiones técnicas. Los debates en torno a la nueva Constitución han sido muy ricos desde todos los puntos de vista.
    No comparto la redacción final de todos sus artículos, sin embargo eso no me impide refrendar la constitución, por el contrario pienso que al dar el SÍ me estoy dando la oportunidad de participar un poco más en la transformación de la sociedad que queremos alcanzar para nosotros y nuestros hijos.
    Es importante explicar por todos los medios y con todas las formas los cambios de la nueva constitución y sobre todo los elementos de progreso respecto a la anterior. El proceso de consulta popular dejó como aprendizaje, entre otras cosas que cualquier cambio que hagamos, los revolucionarios con sentido del momento histórico tenemos que ir un paso adelante de los que ponen obstáculos para ver los cambios sin sentido del momento histórico. Hacemos Cuba es un buen ejemplo, pero en mi modesta opinón debimos hacerla desde que concebimos un cambio.
    De todos modos, vuelvo a repetir: que independientemente de que el texto constitucional no es perfecto y tiene párrafos que no comparto, tengo claro mi voto: #YoVotoSí el 24 porque se protege mi familia, mis padres que ya son adultos mayores, mis sobrinas que son mis hijas, el ser mujer y no precisamente blanca de piel, porque se garantiza la educación como un derecho y elegí enseñar, porque se estimula la ciencia y me formé en un centro de investigación. Tengo más razones para decir SÍ que para decir no

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