Lo trascendental y lo inmanente. Los sentidos de ser revolucionario.

Por Dra. C. Rosa María Reyes Bravo. Profesora de Psicología, Vicerrectora.

La Revolución es un hecho trascendental e inmanente, 60 años de duro y triunfante bregar demuestran su justeza, al mismo tiempo que razones de contextos internos y externos han sido suficientes para ponerla y ponernos a prueba todos los días, examen difícil para aquellos que hemos captado su sentido ético, dialéctico y más profundamente transformador.

Vivimos días en que los significados de la revolución cubana son pensados y sentidos en los más diversos escenarios y por un porciento significativo de la población cubana. Sucesos varios son sus principales disparadores: la pérdida física de nuestro máximo líder y de otros compañeros de la lucha en la sierra y el llano; el reinicio de las relaciones entre Cuba y EE.UU con sus entresijos y consecuencias; el tránsito del liderazgo histórico de la Revolución a una nueva generación en la máxima dirección del país y ahora un proceso de debate popular, democrático y participativo del proyecto de carta magna de la república. Tal vez sea en estos momentos donde más nos acercamos a visualizar, reflexionar y comprender el alcance del proceso que hemos protagonizado o simplemente vivido en todos estos años.

En otra dimensión, la cotidiana, en el día a día, la revolución es pensada o sentida en diferentes escalas o matices. Infelizmente, no por todos. Hay quien ni siquiera se detiene a vigilar o revisar su propio comportamiento en relación con los modelos de revolucionario que nos enseñaron desde pequeños en la escuela, en la familia -en el mejor de los casos-, en el barrio, en las organizaciones de masas y políticas en las que nos integramos desde la niñez, o a través de los medios de comunicación. El modo en que nos vestimos para acudir a un acto oficial de carácter político, cultural-recreativo o de solemnidad académica, las más diversas formas de expresarnos (verbal, gestual y corporalmente, de lo cual forma parte el vestir) en espacios formativos educativos por su esencia, el llevar prendas con símbolos extranjerizantes que señalan adhesión a sus significados (aunque muchas veces ni se sepan, lo cual es peor), la actitud pasiva o desentendida -y por ello comprometida- ante y con lo mal hecho, el oportunismo, el engaño y la frivolidad como modo de vida, los prejuicios, exclusiones y discriminación de personas manifiestos en dichos, dicharachos, gestos y ofensas encubiertas, el descompromiso -si se me permite este neologismo-, justificación excesiva o indiferencia en situaciones que requieren de nuestros esfuerzos y paso al frente para asumir responsabilidades con cargos o no, la organización y ejecución de actividades o tareas sin la atención a cada detalle, pensando en su importancia, son solo algunas de las expresiones de lo inmanente, del día a día de un país en revolución, que invitan entonces a interrogarnos ¿Será necesario el examen de conciencia y comportamiento cotidiano para ser revolucionario? Su resultado cuando es sistemático es bueno, confortador, instrumento o camino para ser mejores personas, aunque no por ello siempre acertado o ausente de contradicciones. De todas maneras el resultado casi siempre es ser felices por coherentes y exitosos por perseverantes, aunque ello signifique en estos tiempos “buscarse problemas”.

Lo interesante es que pocas veces nos percatamos que lo inmanente, lo constante por cotidiano, es al mismo tiempo trascendental, significativo, valioso para ser revolucionarios, si de verdad esa es una condición de vida elegida, un sentido vital. Lo trascendental se construye y expresa en lo cotidiano.

No reparar reflexivamente en los significados sociales, culturales, ideológicos y éticos de los más mínimos comportamientos o actitudes que asumimos en la vida cotidiana, y no hacerlo también cuando somos testigos de ellos en los otros que nos rodean, especialmente en el entorno formativo educacional por excelencia que debe ser la Universidad, nos hace cómplices del proceso de vaciamiento paulatino de los sentidos de ser revolucionario. Aunque nos parezca manido el razonamiento, esta es la verdadera subversión ideológica que operan los enemigos de la Revolución cubana, la que va cristalizando en nuestros propios comportamientos diarios, que “evolucionan” de lo ocasional a lo habitual, de lo extraño a lo “acostumbrado”, por una cierta familiaridad acrítica con lo que antes era socialmente rechazado.

Acceder en estos días a espacios de debate cara a cara a propósito del proyecto de Constitución de la República de Cuba, y a los espacios virtuales que gracias a la informatización paulatina de la sociedad cubana estamos accediendo, participar del cotidiano de vida en la Universidad y asistir a múltiples actos y eventos que hemos realizado en la Universidad de Oriente en este mes de septiembre y lo que va de octubre del presente año, me convencen de que tenemos un gran reto los profesores universitarios: enseñar a pensar y sentir la inmanencia de lo trascendental de la Revolución, y la trascendencia de lo cotidiano, para actuar todos los días como verdaderos revolucionarios.

Clases más problematizadoras, que exijan un mayor protagonismo sentí-pensante -como dijo Eduardo Galeano- de nuestros estudiantes, la incitación a la observación y autobservación crítica de la realidad que viven, más diálogo y ejercicio del pensamiento crítico o reflexión de vivencias vitales como jóvenes y estudiantes, más y mejores convocatorias para involucrarnos activa y sensiblemente en los eventos y actos, en las tareas de impacto, en todos los desafíos de nuestro proyecto social -y dentro de él la excelencia como proyecto universitario-, el sistemático acompañamiento y ejemplo de cómo actuar ante lo mal hecho, el señalamiento y análisis oportuno de las actitudes y modos no congruentes con la condición de universitarios, harán de nuestras aulas y espacios una forja de profesionales revolucionarios comprometidos con este tiempo. Ese será el legado moral de nosotros, sus profesores.

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